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“La gente se mueve por la nostalgia”

Una vuelta por Avda. Corrientes para intentar develar el misterio de cómo ciertos negocios persisten en estos tiempos de digitalización y crisis.

“Argentina es así, tiene momentos buenos y malos, pero yo sigo acá porque la gente se mueve por la nostalgia”. Con esa seguridad habla el dueño de Todo el Cine del Mundo, un local que se dedica a vender películas y series clásicas. Cuando me refiero a clásicas, quiero decir que la más novedosa data de la década de los ’80. Hay secciones que sirven como guía de los comienzos del cine, al igual que otras están centradas en el cine-arte italiano o en cine argentino olvidado en el tiempo. El local es chico y se aprovecha todo el espacio posible. Las pilas de DVD son tantas que las estrategias que uno tiene que hacer para poder pasar pondrían orgulloso a Tom Cruise. La nostalgia realmente tiene un gran valor en este lugar ya que, cuando pasé por el negocio, lo que me llamó a entrar fue la colección completa de la serie de Batman del ’66 y de La dimensión desconocida, programas que solía ver con mi viejo. El dueño lleva trabajando en esto desde hace 32 años con su familia y lo único que lo motivó fue su amor por lo que él considera buen cine. “Yo no me pongo a vender las películas que se ven ahora, es cine para pasar un rato. Si a uno realmente le gusta el cine, va a querer volver a lo clásico y encontrarse con otras cosas”. Y así es que a la gente que va a buscar la saga de Rápido y Furioso, él les recomienda Driver o Bullit. Debido a su experiencia, no hay dudas de que siempre ha sabido cómo atraer  clientes y de que su confianza en el cine de antes le ha venido bien. Aun así, mi mayor preocupación es cómo se las arregla en esta época de digitalización, es decir, en este tiempo en el que todo se consigue gratis por internet. Él responde sonriendo: “Dudo mucho que encuentren por internet lo que yo tengo acá. Además, a la gente todavía le gusta tener cosas físicas. Es como con los libros, no podes armar una linda biblioteca con cosas que tenés en la computadora”. Le pego una última ojeada al local y admito que tiene razón. Seguro es porque también soy un nostálgico acumulador...

El recorrido había empezado al salir por la estación Uruguay del subte B. ¿Por qué salir por ahí y no por Carlos Pellegrini? Varios dirían que sería mucho más panorámico y estilístico encontrarse primero con ese escarbadientes gigante en el medio de todo llamado “Obelisco”. Para eso solo basta ver cualquier publicidad de turismo sobre la zona. Es preferible empezar por lo poco convencional y terminar el viaje subterráneo con un vistazo a La Giralda, la cafetería que sirve el mejor chocolate caliente con churros. Este lugar es un espacio turístico y cultural cuya antigüedad está marcada tanto por su decoración como por sus empleados, y se dedica a brindar felicidad y nostalgia a quienes pasan por ahí. Tal vez la parte de felicidad puede variar en cada persona pero es lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en esa cálida merienda. Y ese lugar ayuda a construir mi definición sobre la Avda. Corrientes.

La primera vez que fui a ese tramo de la avenida tenía unos diez u once años y, desde ahí, mis visitas no fueron muy frecuentes. Recién cuando pasaron varios años pude dedicarle al fin un tiempo para recorrerla detenidamente. Generalmente se ven teatros no muy cuidados pero con largas filas, negocios casi vacíos y, hoy, la ruidosa construcción de una peatonal que arruina la experiencia. Obviamente no está como  yo recordaba. Como los tiempos cambiaron, también deberían haberlo hecho las formas de consumo cultural. La digitalización de medios es un proceso que ha ido en aumento en los últimos años y se ha llegado a consolidar fuertemente. Según estudios realizados por SINCA (Sistema de Información Cultural de la Argentina), entre 2013 y 2017, hubo una caída de un 13 por ciento en la lectura de libros por falta de interés o de tiempo. En el caso de las películas, se ha demostrado que la gente prefiere verlas de manera “online” o a través de aplicaciones pagas como Netflix, y eso significó que el consumo de DVD bajara de un 13,3 a un 5,9 por ciento.  Aun así, los negocios siguen acá, se mantienen, a pesar de que la digitalización no es el único problema: el contexto socioeconómico actual es muy duro y aporta lo suyo. Entonces, ¿qué es lo que tiene la Avda. Corrientes que permite que estos locales vivan?

En el cruce con la calle Libertad hay un pequeño negocio, casi escondido, llamado Obel Libros. El “Obel” queda claro cuando se ve que en el cartel hay un dibujo del obelisco. El pasillo es angosto y trata de usar el poco espacio que tiene para mostrar su colección, que va desde libros clásicos hasta unas pocas novedades. Hay solo una persona chusmeando mientras en la radio suena “Anarchy in the UK” de los Sex Pistols.  Alejandro, de 27 años, cuyo padre abrió este negocio en 1997, es un chico de pocas palabras así que voy a lo que me interesa. Según otra estadística del SINCA, en la actualidad el 43 por ciento de la gente sigue eligiendo el formato papel para leer libros, mientras que sólo un 10 decide leer en formato digital. Alejandro confirma este hecho citando a Umberto Eco: “Hay artefactos que no se pueden perfeccionar, como la rueda, no puede quedar obsoleto. El libro no es como la música o las películas, a la gente le gusta sentir las páginas y pasarlas. El formato digital parece que vuelve al pasado porque se lee como si fuera un pergamino. En cambio el libro es el ‘codex’, una evolución en la forma de lectura que no puede dejar de existir”. También explica que el uso de redes sociales o páginas como Mercado Libre, le han sido de gran ayuda en la venta de libros aunque no publique muchos. Él no percibe una pelea entre formatos de lectura sino una convivencia entre ellos.

Avda Corrientes está repleta de librerías de ofertas y de saldos - Foto: la masmédula

Avda Corrientes está repleta de librerías de ofertas y de saldos - Foto: la masmédula

Además de los locales de la franquicia Cúspide y librerías históricas como Hernández o Losada, Avda. Corrientes está repleta de librerías de saldos y ofertas que, aunque en manos de distintos dueños, tienen aspectos similares. A medida que se avanza por la avenida, pareciera que no se ha hecho ningún progreso porque todas tienen los mismos carteles con precios bajos para los mismos libros. De todas formas, con algo de paciencia y atención, se pueden apreciar rasgos que vuelven único a cada negocio. Hay dos librerías de saldos en particular, Lucas y Dickens, cuyos empleados tienen miradas muy distintas del contexto actual aunque se dediquen a lo mismo.

En comparación con Obel Libros, Lucas es mucho más amplia y ordenada en cuanto a su gran variedad de libros. Cuando terminé de echarle un vistazo a la  sección de cine, uno de los empleados me confirmó que tienen de todos los géneros, al igual que primeras ediciones y textos en otros idiomas como inglés y francés. Mientras la charla fluye, se nota un cierto pesimismo de su parte frente al aumento de la lectura digital: “El tema de la tecnología bajó un montón la cantidad de lectores. Ahora se pueden comprar o descargar por internet pero igual el papel persiste. Vienen muchos turistas por acá que prefieren llevarse libros baratos antes que ir a Cúspide donde te cobran uno tres veces más caro”. El empleado no me da su nombre pero me explica que él es uno de los tantos que ya no lee por falta de tiempo, aunque haya estado rodeado de libros en los últimos 21 años. “Me gusta mi trabajo pero no hago tiempo para leer. Vivo cerca de Ezeiza y son casi dos horas de viaje tanto a la ida como a la vuelta, y a eso hay que sumarle que estamos 8 horas acá. En el tren podría pegar una leída pero prefiero pegar una dormida. Además, cuando llego a casa ya es de noche y quiero pasar algo de tiempo con mi familia”.

El nombre “Dickens” sugiere que la librería podría tener un tono más clásico pero es bastante simple. Al parecer es una franquicia con cuatro sucursales más, aunque esta es la única que trabaja exclusivamente con ofertas, así que se puede entender que el dueño no esté muy ansioso en decorar. En la caja está Tobías de 31 años: “No creo que el tema de la digitalización sea un problema para las librerías de saldos. En los años que estuve trabajando en el local nunca vi una disminución de lectores. Es más, nosotros teníamos otra sucursal que cerró por el aumento de alquiler así que vendimos todo a precios bajísimos y fue un éxito rotundo. La gente siempre va a optar por comprar libros físicos a buen precio; creo que eso es lo que nos permite sobrevivir y nos diferencia de las franquicias”.

Esto último marca el gran punto a favor que tienen las librerías independientes frente a librerías muy comerciales y masivas como Cúspide y también una de las claves de su vigencia. La única ventaja que presenta Cúspide radica en las novedades pero tanto Lucas como Dickens explican que el público se mueve por los precios accesibles y que es más favorable para ellos manejarse con libros descatalogados. Tobías ahonda un poco más en ese tema: “Ya de por sí comprar libros nuevos es muy caro. Cúspide es parte del grupo Clarín, dueño además de editoriales como Alfaguara,  y por lo tanto, los mismos periodistas son dueños del papel, de la editorial y de la librería: un negocio redondo. Si yo quisiera vender ese mismo libro a un precio más bajo, ellos se quedarían con el 60 por ciento de las ganancias. En cambio, nos conviene más comprar los libros que a los dos años son descatalogados por la editorial y que se venden de a miles por  4 pesos cada uno. Es otro modelo de negocio”.

Por último, me dirijo a Solo Cine, otro local de películas que me ayudaría a comparar lo que me dijo el dueño de Todo el Cine del Mundo. El camino no es muy largo, solo basta con cruzar Rodríguez Peña y el local ya está ahí esperándo en la esquina. Es un poco gracioso que ambos negocios de películas estén uno al lado del otro pero separados por una calle, como si fueran enemigos. Otros negocios que dan la misma sensación son las librerías Jekyll y Mr. Hyde que se encuentran enfrentadas y separadas por la avenida. De todas formas, no hay ninguna rivalidad entre ellas ya que están manejadas por dos hermanos que simplemente son fanáticos de la obra de Robert Louis Stevenson y jugaron con el nombre en la disposición territorial. Igual uno podría imaginar que hay dramas familiares que justifican esos nombres pero solo serviría para divertirse un rato.

Solo cine, ubicado en Corrientes y Rodríguez Peña

Solo cine, ubicado en Corrientes y Rodríguez Peña

Al entrar a Solo Cine, se pueden notar varias diferencias con el local de la otra esquina. Es mucho más ordenado, se puede caminar tranquilamente y ofrece películas tanto clásicas como contemporáneas. En un costado hay una caja con pósters de distintos tamaños que son los que se suelen usar en los cines. Hablo con Ezequiel de 26 años. El negocio es de su tío, que lo abrió en 1994, y él lleva trabajando ahí 8 años. Por un momento, lo veo desempeñarse y parece una Wikipedia andante. Habían llegado cuatro clientes y él los atendió rápidamente sin preguntar otra vez por la película que buscaban ni sin chequear en la computadora. “Nosotros no tenemos una distinción con el tipo de cine y la política es traer todo lo que podamos conseguir. Trabajamos con la única editora grande que quedó en Argentina, además de otras más chicas que nos dan pelis difíciles de conseguir. Para los clientes que vienen acá, es como ir al almacén. Se dan cuenta de que los tratamos con mayor calidez que en otros lados, y eso nos permite charlar de cine y recomendarnos cosas”. Disponen de una gran variedad de películas originales en comparación a otros lugares como Yenny o Musimundo pero sus precios no varían mucho, y las películas más nuevas valen el doble de lo que valen las clásicas. Como se esperaba, la digitalización también es una preocupación para este tipo de negocios y el contexto socioeconómico actual parece ser más agravante. El producto que se vende es muy distinto y no se maneja con ofertas, y eso complica su accesibilidad a otros públicos. “Tratamos de dar pelea buscando material que nunca estuvo pero, tanto la venta como la producción en el país bajaron muchísimo en estos últimos años. Hace dos o tres años venía mucha más gente de cualquier clase social y se llevaba como diez pelis; ahora viene gente de clase media-alta y se lleva tres o cuatro como mucho. Lo que más nos favorece es trabajar por Corrientes porque pasa muchísima gente que se copa con el local. Si estuviéramos en otro lado, ya nos hubiéramos fundido”. Cuando terminamos de hablar, me compro Suspiria, de Darío Argento, me parece algo justo por el tiempo que me dio pero otros lo verían más como un acto de piedad.

¿Qué es lo que se destaca de todas estas experiencias? Pues que las estadísticas no se equivocan, definitivamente vivimos en una época en la que las formas de consumo cultural están cambiando. Pero hay algo que las estadísticas no pueden mostrar y eso es que el ser humano es sentimental. Le damos un gran valor emocional a todo y nos cuesta despegarnos de las cosas, más cuando estas influyen en quienes somos y en nuestra cultura. El formato material no puede morir porque de alguna manera tenemos que rellenar nuestras bibliotecas con objetos que nos representan. Y, en definitiva, el lugar que nos permite hacer todo eso es la Avda. Corrientes, cuya historia y reputación permite que estos locales perduren en contra de las probabilidades. Aunque sean tiempos difíciles, los dueños y empleados de estos negocios se sienten seguros porque saben que la gente va a seguir yendo en base a la nostalgia, el interés por la cultura y los precios bajos. Es una explicación muy simple pero acertada, y eso la hace más conmovedora. De esta manera, vuelvo por donde vine pero antes prefiero tomar un chocolate caliente en “La Giralda”. Hace bastante frío.


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